2001 fue un año bisagra para Argentina y el cuento ya lo sabemos: un Presidente escapando en helicópteros mientras gran parte de la sociedad se manifestaba en la calle con cacerolas, desempleo, violencia policial y una población víctima de la convertibilidad y el falso cuento de la “economía estabilizadora” y globalizada de los ‘90. Toda una verdadera película de rise and fall a la Scorsese o Francis Ford Coppola.

En un momento con tanto imaginario cinematográfico, necesitaba una música a la altura. Y Babasónicos ya venía demostrando ser la ideal: tan incansillables como inigualables, la banda que formó parte del nuevo rock argentino o la movida sónica estaba por casi cumplir 10 años de su primer lanzamiento, Pasto (1992), y un recorrido que ya los había hecho jugar a ser estrellas de rock alternativo a lo Jane’s Addiction con su debut y Trance Zomba (1994), ser la primera banda argentina en contar con un DJ como miembro oficial (“¿Linkin Park y Limp Bizkit who?”), jugar con la psicodelia pesada en Dopadromo (1996) y el metal alternativo con imágenes horro-dramáticas al estilo de la Hammer con Babasónica (1997). Así, empezaron a volverse tan inesperados y multifacéticos que ninguna banda contemporánea lograba alcanzar semejantes cambios y evoluciones constantes. 

Unos años antes, y en un momento donde el llamado rock barrial (con el sonido stone de Viejas Locas y los punkies de 2 Minutos como mayores representantes) llevaban la mirada de la crudeza y realidad de los suburbios bonaerenses a sus discos y canciones, Babasónicos comenzaba a desarrollar un retrato de época con Miami (1999), en donde ya desde su tapa volteaba a la Argentina (que también estaba volteada, literalmente, en esos momentos) para convertir a Corrientes y Misiones en el estado Orlando) y ciudad estadounidense que tanto se volvió en el fetiche de cualquier persona con acceso a un tener dólares convertidos a un peso argentino, viajar y consumir en un nuevo mundo globalizado y liberal. El submundo de madrugadas en Constitución, desfachatados e imprudentes, playboys y shoppings eran parte de esas imágenes que la banda construía con un disco que también empezaba a volverlos únicos, a partir de ingerir el sonido de guitarras westerns, surf rock y una combinación únicamente de ellos. Y si hay una razón más para darle lugar y contexto a este disco, además de empezar a ver el marco argentino que Babasónicos empezaba a generar en su música, es también para ubicar el momento en el que la psicodelia empieza a irse hacia la electrónica. Luego de Miami, saldrían los b-sides Vedette y Groncho, ambos en el 2000, dos discos con términos que empiezan a tener una mención y significación bastante remarcable en esa época. 

Llegamos al 2001 de nuevo y con eso, a Jessico. Un disco donde ya se vuelcan al rock electrónico y consiguen un pico de la época con conceptos repletos de hedonismo, lujuria y el “después” de una fiesta que parecía interminable pero empieza a dejar su resaca. El disco abre de manera abismal con Los Calientes, uno de los mayores éxitos del grupo, y ya un manifiesto al placer sin culpa: “Ella va a salir esta noche / dispuesta a dar su calidad / Va a jugar su parte coqueta / está tan lanzada, le viene lo que hay”. En Fizz, Adrián Dárgelos nos plantea una visión VIP de una fiesta con figuras “dandys” farsantes, duelos de vedettes, seducción, dinero y sangre, un acceso exclusivo a una oscuridad cantada entre melodías de guitarras pop. 

Como un posible spoiler a lo que a futuro consolidar el “sonido babasónico” pos 2000, Deléctrico juega con una melodía pegadiza y, casi como una relación a su título, electrizante. A su vez, la dupla de Soy Rock y Pendejo le dan la potencia de ese rock basado en el country y la psicodelia, una suerte canciones que se desprenden de Los Desfachatados en el disco Miami. La suavidad onírica de El Loco, el glamour faraónico en La Fox, consumo desenfrenado en Tóxica y un western dosmilero en Yoli son parte central de la columna vertebral del disco. Un paseo sonoro que se entremezcla con las letras de Dárgelos en un reflejo de época ineludible.

Hacia su final, Rubí es el destilado de la sensualidad del disco: como un susurro al oído o un suspiro romántico, demostrando la calidad de Babasónicos y sus nuevas influencias, casi en una suerte de un bolero moderno. En continuado le llega Camarín, quizás el gran pico del disco. Una melodía suave acompañada de un “tan freak y tan popular / quiero ser”, que crece mientras atraviesa visiones de de camarines con “hermosas mujeres que regalan desnudez”, resquemores y frustraciones, que terminan en un explosivo “soñé ser crítico de rock”. Un relato perfeccionado sobre la farsa, de un rock interminable pero repleto de engaños, falsedad y aires de infelicidad.

Atomicum es un cierre machacado, rápido y vertiginoso. Un amor violento e infernal que se da como el tiro de gracia a este disco perfecto. Una impresión del contexto, de todas las emociones sociales traspoladas al rock. 

Babasónicos es un sello de época que sabe más que nadie cómo evolucionar y cómo descifrar las subcapas de lo que nos rodea. Y con su música, de hacerlo siempre un lugar mejor.