Aquellos que seguimos a The Smiths, sabemos que es una banda que transformó las cosas pero que fue parte de un mundo que no lo quiso escuchar y, como muchas otras bandas que estuvieron adelantadas a su época, debió pasar cierto tiempo para que alcanzaran ese reconocimiento. El grupo liderado por Morrissey cambió las reglas del juego en el rock de la Britannia de los años ‘80 y su fugaz duración dejó una marca inquebrantable en la música y la cultura popular. El juego con el género y la identidad sexual, el mensaje vegano y la sensibilidad en las letras de “Moz” que, junto a la particular forma de tocar del guitarrista Johnny Marr y a su forma de acompañar al cantante, generó una identificación en la juventud que lo vieron como unos héroes de culto, aquel que los entendía cuando el resto -incluyendo a casi la mayoría de las bandas de esa época- les daba la espalda. Una revolución contenida en la sensibilidad, por así decirlo. 

Esto es un poco de los cimiento sobre los que se construye Shoplifters of the World, la película dirigida por Stephen Kijak que retrata la historia de cinco jóvenes que intentan dar un cierre honorífico y a la altura necesaria para homenajear la ruptura del grupo, el día de su separación, en 1987. Un dramedy juvenil con todos sus ingredientes habituales: conflicto adolescente con su entorno, la identidad de género, la trasgresión por la transgresión misma y sustancias, esta vez, bajo el contexto de sub-culturas ochentosas como el new-wave, goth y post-punk. De acá quizás su principal problema, que es encontrarnos con una historia tan inocente como llana, con muy pocos puntos destacables y un guión que decide ir por lo obvio y no jugar demasiado con todo el universo de posibilidades que tiene.

La película decide tomar a dos personajes protagónicos y hacerlos transitar en paralelo para contar la historia. Mientras la irónica y nihilista Cleo (Helena Howard) lidera el intento de llevar adelante una noche inolvidable y celebrar el legado de “Moz” y compañía junto a sus amigos Billy (Nick Krause), Sheila (Elena Kampouris) y Patrick (James Bloor), por su parte, el joven vendedor de discos Dean (interpretado por Ellar Coltrane), decide llevar su intento de homenaje a otro nivel, tomando de rehén a una estación de radio de hard rock y heavy metal para que dedique un especial a la despedida de The Smiths durante toda la noche. Así, desde dos puntos, ambos trayectos interactúan entre sí por medio de las canciones, el romanticismo del fanatismo juvenil y los conflictos de cada uno de los personajes. 

Aún así, hay algo para reconocerle a la película y es la certera decisión de localizar la trama por fuera de Inglaterra y llevar la historia a un pueblo o suburbio de Denver, Estados Unidos. De esta manera, logra reforzar esta idea de culto que The Smiths tuvo por fuera de Inglaterra, en medio de un momento donde Norteamérica rebalsaba de música pop, hard-rock mega chicloso y pre-fabricado junto a una parafernalia del marketing y un crecimiento de la industria musical enorme. Así al menos, podemos entender algunas de las personalidad que determinan a los protagonistas, que suponen sentirse fuera de la norma.

Ahora bien, saliendo del drama adolecente, lo mejor de la película se desarrolla en la estación de radio, entre el conductor metalero renegado de “Full Metal Mickey” -interpretado por Joe Manganielo– y Dean, que funciona como uno de los puntos detonantes a la trama. Mientras el resto de los personajes básicamente vive un capítulo propio de Skins rebajado con agua, el verdadero significado y el ideal que refleja The Smiths es en la radio, donde se encuentran en diálogo constante dos generaciones musicales bien representadas. Es más: me atrevo a decir que esa conversación y relación que van desarrollando a medida que transcurre el tiempo entre ellos podría funcionar como un corto o mediometraje que hasta lograría superar a la película en sí.

Teniendo una reconocida carrera por documentales como Stones In Exile o Jaco, hubiera sido una rareza que Kijak no utilizara registros o testimonios de The Smiths. De alguna manera, esto ayuda de forma perfecta por dos razones: la primera, encontrar testimonios del grupo en esa época y en tan buena calidad y, por otro, ayudar a demostrar cuales son los puntos que la “ficción” en la película intenta plasmar sin lograrlo del todo. Por otro lado, creo que era una obviedad la idea de transitar un greatest hits de la banda durante toda la cinta, pero funciona. Probablemente es por la cantidad de grandes canciones de la banda, pero están bien ordenadas y, salvo algunas excepciones, acompañan de forma correcta todo lo que transcurre. También hay guiños a algunos de sus videoclips y a las letras; algo que al captarlos, agradan y caen bien.

Creo que aún cargada de obviedades y relacionada más a una coming-of-age mega-pasteurizada, el corazón y el cariño por el grupo se refleja de manera agradable, sin la necesidad de ser una biopic y siendo bastante entretenida. Si te gusta The Smiths, no va a dejar de ser un disfrute de sus grandes éxitos junto a cierta interpelación adolescente. Y creo, que al final de todo, es lo que realmente importa. 

PUNTAJE: 6/10