La entrega ¿final? de la saga de El Aro. 

Mayu Akikawa (Elaiza Ikeda) es una joven doctora que debe ocuparse de una niña que, al parecer, padece de amnesia y que responde al nombra de Sadako. Esa niña, quién quedó huérfana luego de un accidente en su departamento con su madre, también ha despertado algunos poderes psiquícos que no puede controlar y que la atormentan con extrañas apariciones que no puede comprender. Junto a ellas también estará involucrado indirectamente Kazuma (Hiroya Shimizu), hermano de la doctora e incipiente «investigador paranormal» para las redes sociales, se meterá en el mismo edificio del que Sadako salió huérfana y comenzará a descubrir que hay un ente que se ha apoderado de ella y que va más allá de cualquier comprensión.

Así cómo la trama es inentendible a pesar de que se repase una y otra vez ésta película, que sirve como conclusión de una de las sagas de terror más convocantes a nivel mundial, también lo es. El Aro (Sadako, 2019) vuelve a ser dirigida por Hideo Nakata y guionada por Koji Suzuki y Noriaki Sugihara (autores del surgimiento de la saga) y terminan decretando una pésima película en donde no se entiende nada y lo que se pretende explicar termina teniendo menos sentido aún que cuando se comienza. Pretendiendo dar un cierre a la historia que comenzó allá por el 1998, ésta obra no se cumple con el propósito inicial de una película: contar una historia por sí sola. Si bien las sagas suelen tener alguna relación entre sí, siguiendo una co-relatividad, siendo el MCU el mejor caso para exponer, ésta película no consigue ningún tipo de relación con lo previo y mucho menos con la historia que se quiere contar. No da miedo, no entretiene y sobre todo las cosas que pasan no causan el mínimo efecto en el espectador porque en ningún momento se crean vínculos con los personajes, puesto que ningún actor o actriz tampoco demuestra nada. Ni siquiera en cuanto a la estética es una película que de una paso al frente, ni la puesta en escena y menos que menos en ideas que tengan que ver con movimientos de cámara.

La ¿última? entrega de El Aro es una muestra clara de que las franquicias que no terminan cuando la trama se agota corren el peligro de transformarse en esto: un producto sin alma y ningún valor estético.

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