Edward Norton escribe, dirige y protagoniza una película que combina lo mejor del cine negro clásico y una cinematografía moderna. 

Huérfanos de Brooklyn (Motherless Brooklyn, 2019) es una película que cuenta la vida de Lionel Esrrog (Edward Norton), un detective privado que parece bastante inocente y que posee tics y cuanto trastorno obsesivo compulsivo se les ocurra, que se encuentra con la repentina muerte de su jefe, mentor y mejor amigo mientras investigaba un caso. Como quién no quiere la cosa, Lionel empezará a investigar que fue lo que produjo que su viejo amigo sea asesinado a sangre fría y empezará a notar algunos cabos sueltos en su muerte. Eso hará que Lionel termine involucrado en el mismo caso que su jefe pero con mucho más peligro ya que se paso a paso se irá relacionando con los diferentes involucrados en la investigación y hará que su nombre empiece a escucharse cada vez más desde el bajo mundo hasta la Alcaldía de Brooklyn.

Quizás el mejor acierto que tenga esta segunda cinta dirigida por Norton es que se la juega por «revivir» un tipo de película que cada vez se ve menos y que los diferentes estudios ya casi que no apuestan a tener. En una época en donde las historias de terror, las películas de superhéroes y las comedias (en mayor medida olvidables) abarcan un gran porcentaje de la cantidad de salas disponibles, Huérfanos de Brooklyn es una bocanada de aire fresco para el público y sobre todo una óptima chance para rememorar un género que parecía haberse acabado hace años atrás. Con un guion escrito por el propio Norton pero basado en una novela escrita por Jonathan Lethem, la película logra construir en sus largos 144 minutos un relato convincente, eficaz y entretenido sobre una investigación que se toma su tiempo para establecer lazos entre sus personajes, para crear una representación fidedigna de la época entre los vestuarios, música y locaciones y para generar suspenso e intriga de una forma mucho más artesanal a la que estamos acostumbrados. Claro que esto puede ser perjudicial para el espectador que no está familiarizado a este tipo de obras y el ritmo cansino, la cantidad de diálogos y la falta de «acción» puede llevarlo al aburrimiento. Obviamente que la película lejos está de ser una maravilla y mucho tiene que ver algunas decisiones de guion que parecieran subestimar al espectador y algunos plot twist que sólo parecieran estar para agregarle algún condimento dramático extra.

Todo el elenco logra desenvolverse de la mejor manera y eso era algo que era de esperarse por los nombres de éste. Willem Dafoe, Alec Baldwin, Gugu Mbatha-Raw y Bruce Willis, entre otros, logran explotar sus minutos en pantalla y ninguno falla. Pero claro que todos también tienen que cumplir un rol complementario para que la estrella de la cinta, Edward Norton, pueda lucirse y vaya que lo hace. La intensidad en sus interpretaciones es quizás el rasgo distintivo más notorio que posee Norton y en ésta oportunidad no pasa desapercibido. Haciendo cualquier cantidad de movimientos, gestos y comentarios su actuación logra dar una interpretación convincente de alguien que padece tantos trastornos obsesivos compulsivos desde el primer momento que aparece en escena y eso es un gran detalle que pudo haber perjudicado totalmente el filme si otro hubiera sido el protagonista. También hay que decir que dada la naturaleza propia de esa patología, la repetición de gestos y demás puede llegar a ser cansador.

Huérfanos de Brooklyn llega a los cines de todo el mundo para dar una bocanada de aire fresco ante tanta repetición de géneros y películas que son segundas o terceras partes de otras. La mezcla efectiva de un filme de cine negro junto con las calidades cinematográficas modernas y un elenco que da lo mejor de sí para enaltecer a su gran protagonista.

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