Otra clase magistral de cine en la nueva película de Martin Scorsese.

Hay un diálogo, llegando al final, que resume todo. Tono, intención, épica y epopeya de una era: una persona en su tercera edad le pregunta a una joven si sabe quien fue Jimmy Hoffa. Y ella, de manera mentirosa, afirma que sí  muy al pasar. El anciano sonríe y explica. Y solo con ese diálogo, Martin Scorsese (quizás el mejor de su generación) firma, no solo su última (hasta el momento) gran película, si no, el que sea quizás el comienzo de la despedida de un grupo de artistas que nos dieron lo mejor de nuestras vidas en la pantalla grande.

El Irlandés (película que se estrena en apenas una sala en CABA y otras más de 50 alrededor del país por una sola semana) nos cuenta la historia de alguien “que pinta casas”, una contraseña para dar por entendido que la persona en cuestión se dedicaba al trabajo sucio de la mafia, precisamente a cargarse a aquellos que eran necesario cargarse.

Esa persona, Frank Sheeran, interpretada por el gran Robert De Niro, será quien nos lleve adelante la historia, quien nos cuente el relato de este veterano de guerra, actual conductor de camiones de frigoríficos, que no es ningún santo, que hace sus negocios por izquierda y que encontrará su “misión en la vida”, cuando conozca a Russel Buffalino (un enorme Joe Pesci), quien lo introduce, primero en el mundo de la mafia y después lo presente a Jimmy Hoffa (un Al Pacino al límite de todo), con quien terminarán fijando una relación cuasi de familia, más allá de lo mafioso que resulte el término. Para los que no lo sepan, como esa enfermera de la que hablamos al principio, Hoffa es un celebre personaje de la historia sindical de los Estados Unidos, líder del sindicato de camioneros,  desaparecido y del que nunca se supo que pasó con él; quizás hasta ver esta película.

Y entonces el director, que hizo Calles Salvajes, Taxi Driver, Buenos Muchachos, Casino, Pandillas de Nueva York, Los Infiltrados, El Lobo de Wall Street; alguien claramente acostumbrado a trabajar con personajes que caminan el wild side, se toma el trabajo de darle una vuelta más al tema, y volver a decirnos que en la vida los códigos y las amistades, van mucho más allá de lo moralmente correcto. Que siempre tiene que haber alguien que viva las historias, para que puedan ser contadas. Y que pueden estar haciendo la revolución en un país latino, pueden estar matando a un Presidente, pueden estar negociando entre sindicatos, o incluso inventando el rock n roll, pero que el vínculo entre amigos, o padres e hijas, en este caso, puede ser lo más importante del día y de la vida. Ahí es donde Scorsese suma a todo lo ya hecho un tinte de humanidad que quizás no vimos en sus otros grandes personajes de la historia del cine.

La faceta técnica y actoral es impecable. Nada que decir de los tres “jóvenes viejos” (muy buen trabajo de rejuvenecimiento de los tres protagonistas llevado a cabo por el argentino Pablo Helman), e incluso los secundarios, Ray Romano, Bobby Cannavale y el lujo de tener a Anna Paquin para que apenas balbucee unos líneas de diálogo, funcionan a la maravilla. La voz en off, los sobreimpresos, los planos secuencias, los movimientos internos de cámara en escena. La narración en varios tiempos. Esa certeza de que nadie usa el recurso de la cámara hiper lenta como Scorsese para saber dónde semi congelar el cuadro y darnos un fresco de época con tan solo un cuadro de material fílmico. Todo. Magia y talento del gran Scorsese a la vista.

Gigante desde el elenco, gigante desde la duración (209 minutos) y desde una producción bancada por Netflix, el supuesto mal de estos tiempos en los que algunos ven como el “anticine”; ese supuesto enemigo que nos enseñó a ver películas o series en pantallas ínfimas, y que terminan siendo los que ponen los 150 millones de dólares necesarios para disfrutar una película que merece ser vista en la pantalla más grande que se pueda. Porque cada segundo de The Irishman, respira cine. Y cine no es lo mismo que película. Y es Martin Scorsese quien vuelve a darnos lección de eso.

Entonces cuando Scorsese sale a decir su verdad, a decir que las películas de hoy no son cine, porque no hay riesgo, no interpelan, no cuestionan, no es un mero capricho o una necesidad de hacer ruido; es porque tiene una obra que lo ampara y que defiende cada uno de sus diálogos y pensamientos. Llena de baches, según el gusto de quien la vea, pero una OBRA. Que quizás empiece a despedirse a partir de acá. El Irlandés huele a eso. A pesar de que ya esté trabajando en su próximo proyecto.

Hay una generación, de directores, de actores, un poco vieja, un poco cansada, un poco enojada, que esté diciendo “chau, cuiden lo que hicimos”. Y hay que respetar y aprender.

Porque ahora que vivimos en tiempos donde importa entretener más que interpelar, donde hay que ver rápido la película o serie del momento porque ya llega la nueva película o serie del momento que le dará paso a la serie o película del momento, El Irlandés se planta con más de tres horas para seguramente romper las métricas que tienden a dar por establecido el status quo de cómo se debe consumir en estos días.

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