Esto es una crónica y a la vez no. Primero porque, mientras escribo esto, todavía no puedo dejar del “hype” particular que me dejó el recital. Segundo, porque es también una descarga de haber podido ver dos bandas que fueron parte de mi adolescencia, junto con blink-182, Sum 41, Good Charlotte y NOFX. Por último, así es el punk: cuanto más libre y a mi manera, mejor.

Las bandas que mencioné antes tienen un renombre dentro de la generación millennial de los ‘00, pero hay que reconocer le deben mucho al movimiento que generó The Offspring con la salida de su disco Smash y la de Green Day con Dookie, ambos en 1994. Así, mientras en Inglaterra el brit-pop ganaba lugar en los medios, fiestas y moda, en California, el punk se volvía a imponer como una nueva opción al grunge. Con un sonido más pop y mucho más melódico que lo que venía sucediendo con el hardcore (Minor Threat, Black Flag), el crossover-thrash (Suicidal Tendencies, D.R.I.) y el ska-punk (Rancid). Ambas bandas generaron una lavada de cara al género y permitieron llevarlo a una masividad que los instalaba mucho más en el mainstream que en la “marginalidad” y lo hermético dentro de la cultura.

Pero, nuevamente, tenemos que retroceder unos años antes y sin salir de California para encontrar otro gran influyente en todo este cambio musical. Y eso nos lleva a Bad Religion, los primeros en fundar lo llamado “hardcore melódico” (sí, es que es muy del punk el tema de los géneros, subgéneros y sub-sub-géneros). En 1988, esta banda había lanzado Suffer, generando una ruptura sonora bajo estos cimientos de sus melodías e influencia de la “canción americana” y el folk. Además, cada vez más la cultura punk se afianzaba a la cultura del skate y los deportes extremos, siendo California un lugar totalmente obvio  para que se concrete esa unión.

Así que acá estamos: a 25 años de uno de los discos que cambió el punk durante los ‘90, The Offspring se presentó con la otra banda fundadora e influenciadora de todo esto, en un show que colmó el campo del Luna Park y trajo -al menos por un rato- el espíritu adolescente, DIY (“do it yourself”) y Skate or Die a más de una generación.

BAD RELIGION

Foto: Lucas de Quesada

Luego de una gran entrada de gente y una apertura realizada por el grupo argentino Charlie 3, Bad Religion estaba preparado para salir a presentarse frente a sus fanáticos en el Luna Park. Y lo hicieron correctamente: luego de arrancar con la plenitud de 21st Century (Digital Boy), el grupo liderado por Greg Graffin brindó casi una hora de show donde se dispararon 21 canciones, y en las que repasaron sus éxitos y presentaron su último disco Age Of Unreason, lanzado este mismo año. Así la banda californiana hizo estremecer al público con Generator, Los Angeles is Burning y You. Pero, sin duda, siempre el cierre se lleva las dos joyas: la dupla continuada de los dos hitazos Sorrow y American Jesus concluían la lista, mientras dejaban al público encendido y preparados para la llegada del verdadero cierre de la noche, a cargo de The Offspring.

Bad Religion nos dejó un show consistente y rápido. Una canción tras la otra. La energía necesaria para empezar la noche y una gran previa a todos los hitazos que llegarían con la segunda banda.

THE OFFSPRING

Foto: Alfredo Luna

Habían pasado las 22 horas cuando la el grupo de Dexter Holland empezó a descargar el espíritu “punk adolescente”, pero dentro de cuerpos de personas más adultas: Noodles -guitarrista y segundo líder de la banda- fue el primero en hacerlo notar cuando dijo “Qué bien los veo, están más jóvenes que la última vez”. El público dejaba ver la edad, pero también algo rescatable y hasta mejor a la fidelidad: el traspaso generacional hacia los más jóvenes, hijos, sobrinos, etc. Igualmente, lo más importante era una cosa, y era que la energía seguía intacta. A diferencia quizás de Bad Religion, The Offspring demostró haber sido protagonista de los medios de los ‘90, de MTV y el comienzo de internet. Want You Bad, Original Prankster, Why Don’t Get a Job? y Pretty Fly (for a White Guy) fueron cantados por absolutamente todos en el Luna Park. Tampoco faltó la velocidad y el poder melódico de otros hits como Americana, All I Want y The Kids Aren’t Alright, y hasta se pudieron dar el lujo de hacer la “balada con las luces apagadas y las luces blancas de los celulares” al tener a sólo Dexter y un piano para tocar una versión más lenta de Gone Away. El cierre no podía ser de otra manera que con Self Steem, dando lugar al pogo, al mosh y a una adrenalina con aire a noventas. Una vez prendidas todas las luces del estadio, todos se iban mientras quedó dando vueltas una sensación de que una vez más, todos volvíamos a ser punks en patineta con ganas de divertirse, al menos por dos horas.