El hombre y la completa soledad, mano a mano en el territorio más inhabitable que se conoce con la esperanza como única manera de sobrevivir. 

Las películas de supervivencia, naufragios y salvatajes suelen ser bastante poco frecuentes en los calendarios anuales de los grandes estudios. Sin embargo la mayoría de esas historias tienden a dejar una buena sensación cuando logran llegar a la gran pantalla. Los casos más emblemáticos pueden ser Náufrago (Cast Away, 2000) y 127 horas (2010), dos películas que a pesar de sus diferencias comparten un gran y fundamental aspecto: ver las múltiples formas que tienen los protagonistas para luchar contra una muerte casi segura y que nunca se den por vencidos para poder seguir con vida. Con un poco de morbo mediante estas aventuras, con usualmente un solo protagonista acaparando la pantalla, tienden a explorar situaciones límite para lograr crear en el espectador la interrogante de «¿qué haría en su lugar?» y cuando las películas pueden generar en quienes las ven este tipo de cuestiones es que un film logra trascender.

Este es el camino que tan bien logra recorrer el brasileño Joe Penna en su ópera prima El Ártico (Arctic, 2018), la película que cuenta la historia de Overgård (Mads Mikkelsen), un piloto de avión escandinavo que tras un accidente con su aeronave, queda varado completamente en la mitad del ártico y con él sólo tiene herramientas de uso regular en cualquier vuelo convencional y la esperanza de que alguien llegue a rescatarlo. En un intento de rescate, el helicóptero que lo iba a liberar de su purgatorio helado sufre un desperfecto y junto con sus dos tripulantes la aeronave termina cayendo y destruyéndose completamente terminando así con su ilusión de escapar. Pero todo cambiará para Overgård y su rutina helada cuando del helicóptero quede una sobreviviente al borde de la muerte (María Thelma) y entonces será él quien deba decidir por ella si se anima a cruzar el Ártico a pie con la meta de llegar a una base científica gubernamental y así lograr salvar la vida de ambos.

Una trama sencilla, un guion que apunta a lo terrenal y una fotografía despampanante son los tres pilares en donde Joe Penna se apoya para poder crear un relato devastador sobre la soledad, la fortaleza mental y las ganas por sobrevivir. En una producción que costó nada más que dos millones de dólares, la película logra transmitir y reflejar las emociones más normales de una persona frente a la adversidad de la manera más natural posible, sin caer en el dramatismo extremo, la sobre actuación de sus actores y de la usual sobre utilización del diálogo en situaciones que no lo ameritan. Penna y Ryan Morrison, ambos guionistas, explotan a fondo la naturalidad de los acontecimientos y logran convencer al espectador de que lo que está viendo tranquilamente pudo haber sucedido. La música juega un factor fundamental ya que mantiene la tensión al máximo en los momentos en los que la trama se vuelve un poco larga y se logra acentuar el ritmo lento que tiene la película.

La actuación de Mads Mikkelsen es realmente conmovedora, no solo se banca las casi dos horas de película en completa soledad sino que a esa situación de tener que estar todo el tiempo a solas, hace un desgaste físico impresionante donde realmente pareciera que estuvo en el Ártico perdido sin contacto con nada ni nadie. La actuación que tiene Maria Thelma, teniendo en cuenta que también es su primera vez frente a las cámaras, es realmente aceptable. Con un papel que en la trama es necesario pero sabiendo que su participación es más de inspiración para con el otro personaje que de accionar propio, quizás su desconocimiento ayuda, su actuación es totalmente satisfactoria y convincente.

El Ártico llega sin los reflectores de los grandes tanques de los estudios pero sin dudas tiene más corazón que la mayoría de ellos. Una gran dirección general y un gran protagonista logran imponer un relato de esperanza, coraje y valor, frente a las películas que se basan únicamente en la pantalla verde, computadoras y actores de moda.

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