Este año se cumplen 30 años del disco debut de The Stone Roses, quizás de las bandas más importantes para toda una generación. Un disco que simboliza muchas cosas: el comienzo de una nueva era en el indie británico de los años ‘80, el punto de cimiento de lo que sería la centralización musical que tendría Reino Unido a mediados de los años ‘90, parte fundacional de los que serían las famosas raves y fiestas under, y mucho más. En lo personal, uno de los discos que más habré escuchando en mi vida.

Como nombraba antes, lo interesante de los Stone Roses es que durante su época de esplendor, sólo los primeros años de los ‘90, fueron una banda que no despegaba más allá de Inglaterra. Por un lado es entendible, ya que por esos mismos años, la gran parte del mundo estaba hasta la cabeza con la angustia, la crudeza y el noise que el sonido del Grunge que copaba en las radios, las disquerías, los dormitorios de los adolescentes de la tan nombrada “Generación X” y MTV.

Fue a partir de todas estas cosas, que la escena de la música, y sobre todo del rock, tenía su eje en los Estados Unidos. Sin embargo, en su pocos años de vida y sus dos únicos discos (por el momento), Los Stone Roses se habían convertido en una banda con un toque de culto, que no sólo formó parte del movimiento conocido como Madchester junto con otras bandas como Happy Mondays y Inspiral Carpets, sino también por ser una gran influencia para el surgimiento del brit-pop, que aparece en el momento del declive del grunge y que alcanza su momento de gloria a mediados de los ‘90 con Blur, Oasis, Pulp y Suede.

Para adentrarnos en el sonido de Los Roses, creo que es necesario marcar que el sonido Madchester fue un movimiento musical entre fines de los ‘80 y principios de los ‘90, como el nombre lo indica, con su origen en Manchester, Inglaterra. Las bandas que integraron el movimiento se nutrieron del funk, el rock, el incipiente house de los boliches ingleses y, obviamente, el sonido pop indiscutido que tienen los británicos desde que aparecieron Los Beatles.

A diferencia del shoegaze, que tenía su base en el noise y el post-punk, el sonido del Madchester generó algo totalmente fresco, nuevo y un aire mucho más “positivo” al del grunge, por ejemplo. Esto no solo significa que su estética estuvo marcada por el conocido emoji de la carita feliz, sino también que tuvieran su lugar en festivales y raves inglesas, junto con una juventud que comenzaba a conocer algunas nuevas sustancias como el éxtasis. Pero eso es otra historia. Lo importante es que el sonido logró una fugaz mirada hacia la britania, hasta la aparición de Nirvana.

Sin duda, con su disco homónimo en 1989, Los Stone Roses dejan en claro que ellos son los líderes del Madchester. Los primeros minutos de “I Wanna Be Adored” nos lleva por una tormenta sonora que desemboca en los primeros sonidos de la guitarra de John Squire, guitarrista tan increíble como devaluado. Luego aparece la voz tan particular de Ian Brown, con su estilo de una voz suave, casi susurrada por momentos, que nos envuelve y nos pierde en ese enjambre de sonidos, con las bases bien marcadas de Mani en bajo y Reni en batería.

Esto es una simple introducción de lo que sigue: la pegajosa melodía pop alegre semi-Smiths con “She Bangs The Drums” donde Ian Brown realiza una declaración inmortalizada para toda una generación juvenil: “el pasado es tuyo, pero el futuro es mío”; la tranquilidad en “Bye Bye Bad Man” y “(Song For My) Sugar Spun Sister”, la emoción en “Made Of Stone”.

El cierre final es un broche de oro. Primero con “This Is The One”, cuyos primeros arpegios de guitarra nos transportan muy, muy lejos. La voz de Brown juega con volúmenes, hasta desembocar en un demoledor y melodioso final. Y luego, el Madchester bien dicho y a lo grande con “I Am The Resurrection”: el bajo -de Mani nos invita a previar, la dupla Squire-Brown nos dan mucho escabio hasta el éxtasis en el estribillo. A medida que sigue la canción nos metemos en un momento instrumental que mezcla el ritmo house, sonido funky y efectos que nos dejan en una rave mental. Ian Brown canta “Yo soy la resurrección y yo soy la luz”. Y yo le creo.