El final de Game of Thrones está entre nosotros, con un episodio que dividió aguas.

Después de diez años y ocho temporadas, el fenómeno televisivo de HBO llegó a su fin, y obviamente nos va a dejar un vació que tendremos que llenar, seguramente, con alguna otra serie de la prestigiosa cadena. Con una temporada que fue récord de espectadores (19 millones en el final, lo máximo para HBO), y también de polémicas y quejas de los espectadores, nos despedimos finalmente de los dragones, de los Targaryen y de los Stark. La recepción del episodio final, The Iron Throne, fue bastante dividida; con mucha gente decepcionada, otros satisfechos, y un porcentaje que está indignado; pero creo que nadie está completamente feliz con este final. Personalmente creo que fue un final correcto (tal vez demasiado correcto), la mayoría de las tramas se cerraron satisfactoriamente, y para la temporada flojísima que tuvimos este año donde todo se sintió muy precipitado, creo que es el final más digno que se podía lograr. Digamos que podría haber sido mucho peor. Obviamente, cuando esta maravillosa serie estaba en sus momentos más altos, allá por la temporada tres o cuatro, jamás creí que usaría el término “podría ser peor” para describir el final, pero es lo que tenemos.

The Iron Throne arranca inmediatamente después de los sucesos de The Bells, con Tyrion, Jon y Davos recorriendo las ruinas de la desolada King’s Landing después de la masacre de Daenerys. El escenario es desolador: los cuerpos calcinados de los inocentes están por todos lados, y Tyrion quiere entrar a lo que quedó de la Red Keep para intentar ver qué sucedió con sus hermanos. El momento en que encuentra los cuerpos de Jaime y Cersei, que murieron abrazados, es fuertísimo, y Peter Dinklage se luce como siempre. En este episodio tiene muchos momentos en donde brilla y nos recuerda que siempre fue el mejor actor de la serie. Mientras tanto, Jon y Davos se encuentran con Greyworm a punto de ejecutar soldados Lannister, que ya se encuentran derrotados y de rodillas. Obviamente, Jon y Davos no están nada contentos con esto, y siguen juntando razones para darse cuenta que Daenerys es más peligrosa de lo que pensaban.

Este episodio es dirigido por Benioff y Weiss, que demuestran que son muy virtuosos detrás de cámara, y brindan varios planos inolvidables. El más alabado es el de Daenerys con Drogon atrás, que despliega sus alas para formar una imagen de Dany alada digna de wallpaper. La flamante Reina de los Siete Reinos brinda un discurso para sus tropas (que milagrosamente siguen siendo miles y miles) en dothraki y en alto valyrio, donde básicamente aclara que esto no termina acá, y que su plan es seguir “liberando” a más hombres, mujeres y niños. Ya sabemos lo que eso significa, y Tyrion y Jon también. El menor de los Lannister renuncia a su posición de Mano de la Reina y es encerrado por traición por haber liberado a su hermano. Una de las mejores escenas del episodio sucede justamente en la celda de Tyrion, cuando Jon Snow lo visita y tenemos uno de los mejores diálogos en mucho tiempo, como si volviera el antiguo Tyrion, encantador, elocuente y lo suficientemente manipulador para sutilmente convencerte de lo que quiera. Jon, sorpresivamente intenta justificar las acciones de Dany, pero Tyrion le tira la posta, algo que en realidad Jon ya sabe (sí, en el fondo sabe algunas cosas), pero que probablemente no quiere admitir: Daenerys va a matar a cualquiera que se interponga en su camino, sin importar quien fuera, aún a las hermanas Stark. Esto es lo que finalmente le hace abrir los ojos y darse cuenta que Dany es una amenaza y que él es el único capaz de detenerla. “El amor es la muerte del deber”, esta frase que le había dicho Aemon Targaryen, el Maestre de la Guardia de la Noche hace mucho tiempo, vuelve a tener una relevancia importantísima. En realidad, siempre la tuvo y es uno de los temas recurrentes de Game of Thrones. El amor llevó a Robb Stark a romper su promesa con los Freys, y lo llevó a su muerte. Una de las lecciones que Cersei le dio a Sansa, allá por la segunda temporada, fue que cuanto más amás, más débil sos.

En otra escena filmada maravillosamente, Dany entra al salón del Trono y lo ve ahí, intacto. Ese sillón de mil espadas que tanto deseó por tantos años, que tanto le costó, está finalmente ahí, a su alcance, pero no se va a poder sentar en él. La escena es casi idéntica a la visión que había tenido en la segunda temporada, cuando visita The House of The Undying y ve el Salón del Trono destruido, cubierto de nieve. Jon va a su encuentro, pasando por un Drogon que duerme la siesta y vigilia la entrada, una escena maravillosa, y sin perder ningún minuto, le ruega a Dany que perdone a Tyrion. Ella se niega, le pide que gobierne con ella y así juntos van a decidir lo que es un buen mundo para todos. El resto no puede decidir. Creo que Jon no estaba decidido a asesinarla cuando entró, pero después de escucharla se convenció, y después de volver a repetirle que siempre será su Reina, le clava una daga en el corazón, poniendo fin a la Madre de Dragones. Es un momento fuertísimo, que causa el efecto que tiene que causar, y la imagen de Dany muerta en sus brazos, y los gritos de Drogon que pronto se empiezan a escuchar, es una imagen súper trágica. El peor final para dos de nuestros protagonistas. Drogon desconsolado, derrite el Trono de Hierro con sus llamas, un final muy poético para el asiento de las mil espadas de Aegon, que había sido forjado con el fuego de Balerion y ahora encuentra su fin con el fuego de Drogon. Hasta este punto creo que el episodio es perfecto, el tono es el correcto y el guión trató a los personajes con mucha altura.

Después de un corte a negro viene una elipsis narrativa, y lo siguiente que vemos es un Tyrion mucho más barbudo, aún prisionero, yendo con Greyworm hacia la Dragonpit al encuentro de varios lords y ladys de Westeros. Volvemos a ver a personajes que no veíamos hace bastante, como Yara Greyjoy, Robyn Arryn y Edmure Tully. También están Brienne, Sansa, Arya, Bran, Davos, Sam y algunos que no reconocemos, entre ellos un nuevo príncipe de Dorne. En esta escena suceden algunas cosas sin sentido. La finalidad de la reunión es decidir el futuro de Tyrion y de Jon, que también está preso por haber asesinado a la Reina. Pero terminan discutiendo algo mucho más importante, y termina siendo Tyrion, el que estaba ahí para ser juzgado, el que termina decidiendo el futuro de Westeros, nombrando a “Bran el Roto” como nuevo Rey de los Seis Reinos (El Norte permanecerá independiente a pedido de Sansa) y sugiriendo que el Trono no se heredará, sino que se elegirá mediante el voto de los lords y ladys, en una suerte de monarquía parlamentaria. Todos acceden muy rápidamente, así que así como así, en la jugada más sorpresiva del episodio, es Bran Stark, el Cuervo de Tres Ojos, el nuevo Rey de Westeros.

Y su primera medida es nombrar a Tyrion como Mano del Rey. Digo que no tiene sentido porque todo esto se siente apresurado, me parece bastante increíble que alguien que arranca una reunión como prisionero juzgado, termine decidiendo algo tan importante, y además termine nuevamente con un cargo como el de ¡Mano del Rey! Como tantas cosas en esta temporada, es muy precipitado.

Fuera cámara se decide el futuro de Jon Snow, que será condenado a pasar el resto de sus días en la Guardia de la Noche (sí, aún hay Guardia de la Noche), sin poder tener hijos ni tierras.

Brienne termina siendo la primer mujer Comandante de la Kingsguard, y en una escena que creo que creo que reivindica un poco su personaje, la vemos completar la página de Jaime Lannister del Libro de los Kingsguards con sus hazañas. Jeoffrey se había burlado de que había sólo un párrafo escrito en la página de su “tío”, en donde sólo se mencionaba que había asesinado a Aerys por la espalda. Ahora Brienne le hizo justicia.

En una escena muy conmovedora, vemos a los últimos cuatro Starks despedirse. La manada sobrevivió, pero se va a separar. Sansa se quedará en Winterfell gobernando, Arya se irá al oeste de Westeros a explorar lo inexplorado, un deseo que ya había expresado durante su estadía en Braavos, en la sexta temporada. Bran, obviamente se quedará en la Capital, y Jon en el Norte. El montaje paralelo de Arya, Sansa y Jon con el que eligen terminar la serie es maravilloso. Por más floja que haya sido la temporada, nadie puede negar el afecto que sentimos por estos hermanos, que tanto sufrieron y tanto sobrevivieron. Verlos terminar de esta manera es emocionante. La coronación de Sansa al canto de “¡La Reina del Norte!” da piel de gallina, y Arya navegando en ese barco con el lobo en las velas es una imagen bellísima. Jon es el que termina teniendo el final más triste, un Targaryen más olvidado en el Muro, como Aemon. Pero lo último que vemos de él, es que junto a Tormund y un grupo de salvajes se dirigen al Norte, al verdadero Norte, donde sabemos que fue donde Jon se sintió más a gusto, donde se encontró a sí mismo, donde se enamoró por primera vez. Era el final adecuado para el, creo que es donde tenía que estar.

Como dije antes, el episodio final tuvo sus problemas, pero no problemas distintos a los que veníamos teniendo episodios anteriores. Se siente el apuro, creo que hacer los habituales diez episodios hubiera sido la decisión correcta. De esa manera, algunas cosas habrían podido respirar un poco más, y así dar los cierres que se merecían a tramas como la de los White Walkers y el Night King, o a personajes como Cersei y Jaime. Sin embargo, el episodio final estuvo bastante bien. Salvo por lo de Bran, que todavía no logro digerir, el resto tuvo un cierre satisfactorio. A pesar de todas las cosas que se le criticaron este año a Game of Thrones, no quedan dudas que va a quedar en la historia como una de las grandes series de nuestra época, y seguramente, dentro de las series favoritas de muchos. Un fenómeno literario que se convirtió en fenómeno televisivo y llegó a ser fenómeno cultural. La vamos a extrañar.