Si hay un elemento que se ha utilizado hasta el hartazgo a la hora de contar historias de terror es la de la personificación de «el mal» dentro de objetos o seres vivos que no lo son tanto. Desde hoteles hasta bebés no nacidos, las películas de terror intentan una y otra vez provocar incomodidad, sustos y que por momentos no aguantemos ver lo que sucede en pantalla. Lastimosamente esa sensación cada vez es menos frecuente, las ganas de las productoras de establecer un producto rentable a futuro por sobre lo eficaz de las historias concretas y sencillas, ha producido un cambio en el producto y es por eso que cada vez las películas de terror son más o forman parte de una extensa franquicia y asustan menos, por no decir poco y nada. Hay escasas excepciones como la franquicia de El Conjuro, con James Wan a la cabeza, que si bien tienen un claro panorama para seguir expandiendo su universo terrorífico, sus películas siguen provocando que se nos escape algún suspiro intenso y saltemos de la butaca cuando la entidad maligna se presenta.

Como una excepción a la regla llega a los cines Maligno (The Prodigy, 2019) la nueva película de Nicholas McCarthy, un director que viene apostando a un terror más convencional que lo que ofrece el mercado actual. La trama gira en torno a la familia Blume, compuesta por Sarah (Taylor Schilling), John (Peter Mooney) y su pequeño hijo Miles (Jackson Robert Scott), un jovencito que de buenas a primeras comienza a tener severos problemas de conducta tanto en su casa como en la escuela, al mismo tiempo varios acontecimientos extraños comienzan a suceder y es allí donde sus padres no encuentran explicaciones lógicas. Luego de que su madre lo mande a hacerse ver con varios psicólogos especializados en la crianza infantil, Sarah empezará a darse cuenta de que Miles podría estar teniendo un problema mucho más grave que el que ella piensa.

Si bien la premisa no es para nada innovadora y la historia es bastante predecible, el buen trabajo en conjunto del director McCarthy y Jeff Buhler, guionista de la remake de Cementerio de Animales (Pet Sematary, 2019), terminan otorgando un material decente y para nada despreciable. Si bien el trama fluye por los lugares comunes de este tipo de historias, hay algunos giros más que interesantes y sobre todo valorables, que producen una empatía total con los personajes. A pesar de que el guion no termina de ser 100% solido, sobre todo por los diálogos, la mayoría de los caminos y decisiones que se toman son acertadas.

El desarrollo de los personajes es el correcto y sus interpretaciones van de la mano con ese gran trabajo, sobretodo el del joven Jackson Robert Scott (Georgie en It 2017) quien se pone la película al hombro y demuestra que ser protagonista no le pesa para nada. El joven brinda una interpretación escalofriante a pesar de su corta edad y se roba por completo la película. Otro miembro del elenco que cumple con su labor es la famosa y reconocida Taylor Schilling, quien después de saltar al estrellato por su papel en Orange Is the New Black (2013-actualidad) y algunos papeles menores en otras producciones, demuestra que está a la altura del papel protagónico. El resto del elenco cumple de manera correcta, sin nadie que sorprenda pero sin defraudar al mismo tiempo.

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