Espíritus, posesiones y exorcismos, elementos sobrenaturales que te harán morir de… aburrimiento.

Desde El Exorcista (1968), que el cine ha tenido una peculiar fijación con lo que respecta a posesiones, espíritus y todo lo que tenga que ver con demonios intentando dominar cuerpos humanos. Como siempre, estas historias involucran una leve connotación mística con Dios, una persona con una personalidad fuerte pero corrompida, con un tremendo dolor para ser vulnerable ante el mal que se aproxima y muchísimos personajes que nada aportan a la historia base, pero que siempre se las ingenian para morir de alguna manera lo bastante ingeniosa como para quedar presentes en nuestros recuerdos.

Esto es un poco de lo que va Cadáver (The Possession of Hannah Grace, 2018), la nueva película del director holandés Diederik Van Rooijen que se encarga de contar la historia de Megan Reed (Shay Mitchell) una ex agente de policía que sufrió una dura tragedia estando en la fuerza y ahora, luego de su recuperación y haber podido salido de un pozo depresivo bastante importante, quiere empezar de nuevo trabajando en la morgue del hospital principal de la ciudad de Chicago. Allí, se encontrará con un peculiar cadáver al cuál empezará a prestarle un poco más de atención cuando se de cuenta que no es sólo un cuerpo más, sino el cadáver de Hannah Grace (Kirby Johnson), una joven que lleva meses desaparecida y que trae con ella un pasado siniestro y peligroso.

La película si bien tiene una estética interesante y una premisa trillada pero prometedora, sufre constantemente el hecho de ser auto-destructiva, ya que termina de la peor manera todo lo que comienza «bien». No solo la trama es casi nula y los eventos que se desarrollan son llevados a cabo sin ningún tipo de vínculo entre sí, sino que además es muy aburrida. No hay emoción, no hay drama, no hay susto, no hay nada. Realmente cuesta mucho incluso poder asustarse ya que, más allá de la construcción atmosférica que se genera bastante bien, la peli da constantes trampas al espectador que le quita la sorpresa y el terror cae a un punto de pura expectativa. La nula incidencia de la música hace que la película sea completamente con sonidos «naturales» y si bien es un detalle peculiar y destacable, porque están en una morgue después de todo, el relato se torna muy denso y hasta insoportable para su poca duración (86 minutos). No hay trucos de cámara, no hay metáforas o guiños que puedan ayudar a descubrir que puede llegar a pasar y de cómo detener a la amenaza venidera. El guion es tan simple y corriente que no tiene ni un solo plot twist y la película termina siendo completamente olvidable.

Las actuaciones están bien, pero queda la sensación de que algo más podrían haber aportado. Shay Mitchell, la protagonista principal, está todo el tiempo en cámara y durante muchos pasajes se torna realmente insoportable porque no parece involucrada de todo con el papel. Por otro lado, Kirby Johnson solo se destaca por sus movimientos físicos, porque si de actuar hay que hablar, ella está en la lona. Los actores masculinos solo sirven de soporte emocional y ninguno tiene un papel relevante como para poder ser evaluado.

En una película fría y sin alma, una historia que era prometedora termina siendo una decepción rotunda. Sin pena ni gloria, Cadáver demuestra que se necesitan ideas novedosas para poder salir del cliché básico, y sobre todo una mano y una visión para llevarlo a delante.

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