Damien Chazelle se aleja del jazz pero no de Ryan Gosling en esta nueva apuesta para el Oscar. 

Uno de los directores contemporáneos más celebrados e influyentes de los últimos tiempos, Damien Chazelle se convirtió en uno de los nombres más celebrados del Hollywood actual. Con grandes películas como Whiplash: Música y Obsesión (2014) y La La Land (2016), el joven nativo de Rhode Island se vio catapultado al estrellato, ganó múltiples premios pero se quedó a un paso de la gloria.

Todos recordamos la controversial e inolvidable 89° entrega de los premios Oscar, cuando anunciaron al musical protagonizado por Ryan Gosling y Emma Stone como ganador del premio a Mejor Película para después corregir y entregar el galardón a Moonlight (2016), film de Steve McQueen.

Buscando sacarse esa espina, el ganador del Oscar a Mejor Director apuesta a una biopic para regresar con fuerza a la temporada de premios, otra vez con Ryan Gosling en el papel protagónico.

Chazelle se pone detrás de la cámara y con un guion de Josh Singer que adapta el libro biográfico “First Man: The Life of Neil A. Armstrong”, nos lleva a espiar la vida de este piloto devenido en astronauta la tensión que se vivió en plena carrera espacial y nos demuestra que su viaje fue tan interno como externo.

Neil Armstrong (Ryan Gosling), al poco tiempo de atravesar una tragedia familiar junto a su esposa Janet (Claire Foy), se enlista en el programa Gemini de la NASA, paso previo a la misión Apollo 11 que pondrá por primera vez a un hombre en la superficie de la luna. Neil, junto a sus compañeros Edward White (Jason Clarke) y Buzz Aldrin (Corey Stoll) entre otros, cargarán con todo el peso del programa espacial sobre sus hombros, con las esperanzas y de una nación y el mundo entero. Pero cuando el escrutinio gubernamental, la desconfianza del pueblo y las tragedias y accidentes comiencen a acumularse, el sueño americano de pisar la luna podría desvanecerse.

Chazelle, con un correcto pulso narrativo y la prodigiosa destreza visual que lo caracteriza, logra transportarnos a la década del 60′ y hacernos sentir la urgencia de la carrera espacial en carne propia. El Primer Hombre en la Luna se aleja de las convenciones del género de películas de viajes espaciales para contar una historia tan espectacular como íntima y personal, lejos de toda parafernalia sci fi o rimbombantes recursos artificiales para generar una épica impostada.

El cineasta humaniza a los astronautas mostrando como la enorme presión y la escala de sus logros termina afectando su vida familiar y como un simple error de cálculo puede acabar vidas y dejar otras destrozadas en el camino. La película opta por distanciarse de la siempre presente (y real) competencia entre Rusia y Estados Unidos para la conquista del espacio y mostrar la exploración espacial como un verdadero logro de la raza humana.

Es la unión de Chazelle junto a tres colaboradores habituales, quienes logran elevar la película por encima de la media: la actuación contenida y sutil de Gosling, que le escapa a los gestos descarnados para vendernos una imagen de hombre de hielo con gran cantidad de miedos e inseguridades corriendo bajo su piel; la banda sonora de Justin Hurwitz, que transmite épica y sentimiento (y por momentos nos recuerda a La La Land en algunos compases), y el impecable trabajo de fotografía de Linus Sandgren, que pone toda su habilidad para conjurar planos de enorme belleza visual para que Chazelle haga lo mejor sabe: mover la cámara con pericia experta.

No esperen la típica película patriotera de triunfo americano en el espacio, El Primer Hombre en la Luna ofrece un drama excelentemente dirigido y escenas de acción que ponen los pelos de punta en iguales proporciones. Puntos extra por la gran dirección de arte, que prefiere un approach más práctico y realista, escapándole a las pantallas verdes y el CGI. Para ver en una pantalla BIEN grande con un buen sonido.

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