Un exmilitar de inteligencia, solitario y trastornado, que prefiere ser invisible. No se permite amigos ni amores y se gana la vida rescatando jóvenes que caen en la trata de blancas. ¿Suena conocido? Sí, pero…

Hace siete años, la directora escocesa Lynne Ramsay hizo el aclamado thriller psicológico We Need to Talk About Kevin; en esa producción, una familia se ve desgarrada por el comportamiento cada vez más perturbado de un hijo. Las cosas avanzan nerviosamente y finalmente se descarrilan, violenta e impactantemente. En su última gran producción, You Were Never Really Here (Realmente nunca estuviste aquí), el público no tiene que esperar mucho para una erupción de «carnicería» cuando se utiliza  un sicario para recuperar a la hija de un senador estatal que se mantiene cautiva en un burdel de alta gama en el centro de Manhattan.

Si eso suena como la descripción repetitiva de Taken o Taxi Driver, tendrías razón al pensarlo, al menos en el papel, pero para Ramsay, conocer el estado de ánimo y la historia de fondo de su protagonista es de todo menos un ejercicio lineal.

En acción tipo flashback, vemos a Joe (Joaquin Phoenix) con uniforme militar dentro de los confines de un campamento en el desierto, más tarde, aparentemente en el FBI o alguna unidad de investigación descubriendo una camioneta llena de cadáveres. Y luego están las escenas de un padre muy abusivo y los intentos de suicidio de Joe a través de la asfixia.

Estas imágenes están esparcidas por todas partes, dando pinceladas de perspicacia al enigmático Joe, barbudo, fornido, reflejando un montaje de un pasado doloroso que golpea al protagonista continuamente, lo que intenta meternos en un lugar nada tranquilo: la cabeza de un hombre afectado de trastorno por estrés postraumático.

Resultado de imagen para You Were Never Really Here

Para salvar a la hija del senador de New York, Nina (Ekaterina Samsonov), el protagonista emplea herramientas cotidianas que las convierte en armas letales, seleccionándolas cuidadosamente de los estantes colgantes de un Home Depot o tienda similar, trabajando al más puro estilo Old Boy.

La joven es rescatada pero antes de que el espectador pueda volver a hacer otra referencia a Taxi Driver, los dos ya están subidos a un auto escapándose. Cuando cree que la misión está cumplida, Joe se da cuenta de que no es así. Que la situación en la que se enredó es más complicada de lo que imaginaba y que las cosas se pondrán aún más difíciles de ahí en adelante.

Resultado de imagen para You Were Never Really Here

A partir de ahí, la trama se profundiza e incluso con Ramsay detrás de la lente, comienza a deslizarse hacia un territorio familiar y predecible. La exuberante y oscura cinematografía de Thomas Townend (Attack the Block) y la inquietante partitura de Jonny Greenwood (nominado al Oscar por Phantom Thread) se combinan para crear una atmósfera intensamente cargada, mientras que las actuaciones centrales de Phoenix y Samsonov se vuelven esenciales para el éxito de la película.

Lo que Ramsay ha logrado es un retrato cerebral de un alma torturada, tomando referencia de producciones como Ratcatcher (1999) y Morvern Callar (2002), que también demostraron una habilidad para el carácter y el conflicto en contra de los paisajes emocionalmente oscuros.

El impacto que esta película pueda causar en quien asista a su proyección dependerá de sus expectativas. Hay golpes, martillazos y sangre, pero no es un film de acción al uso. Por otro lado, no tiene ni la solidez ni la maestría suficientes para ser una obra de culto como muchos han pensado que pudiese ser.

Resultado de imagen para You Were Never Really Here

Densa, cruenta, oscura, sangrienta, llevando su carga emocional con mayúsculas, lo que la película gana por la interpretación siempre inspirada de Phoenix, pero pierde por sus subrayados, por su constante propensión a mezclar traumas pasados y presentes hasta abrumar el espectador con esa pesadísima carga.

Una película de altas expectativas que quizás caiga con el pasar de los minutos, pero muy sobresaliente para ese tipo de acción carroñera que a veces –solo a veces- siempre estamos esperando.