Yorgos Lanthimos quiere demostrar que tiene todo para afianzarse en los primeros planos del cine mundial con un nuevo thriller psicológico. 

Luego de estrenar The Lobster en 2015, el director griego de cine y teatro que ha cosechado elogios y premios a lo largo de todo el mundo, vuelve a ponerse detrás de las cámaras para transmitir un antiguo mito griego, conocido como «El mito de Agamenón e Ifigenia». Este se encargará de desafiar y cuestionar, temores universales que usualmente no suelen ser cuestionados.

Protagonizada por Nicole Kidman (Aquaman, 2018), Barry Keoghan (Dunkirk, 2017) y Collin Farrel (The Lobster, 2015), El sacrificio del Ciervo Sagrado (The Killing of a Sacred Deer) cuenta la historia de un exitoso cardiólogo, Stephen Murphy (Farrel) que luego de apañar a un jovencito que pierde a su padre, deberá afrontar uno de los mayores desafíos que un padre puede tener. Junto con su esposa Anna (Kidman), ellos tendrán que encontrar la forma de lidiar con tener que elegir entre hacer un sacrificio totalmente impensado o perderlo absolutamente todo.

En un film difícil de ver para el espectador, Lanthimos se encarga de transmitir ese viejo mito griego a la perfección. ¿Qué es más importante? ¿El bien de la mayoría o el bien propio? Con un giro totalmente macabro e inesperado, el relato se dedica a contestar esas preguntas. La peli avanza de una manera sumamente lenta, haciendo todo más complicado para entender, obligando a poner el máximo de atención en todo momento. El director no da pistas, no toma atajos y se toma su tiempo para crear el mundo particular donde se desarrolla la historia. Es chocante en todo momento, llevando al extremo situaciones totalmente anormales.

Los diálogos entre los personajes son duros, secos y hasta con falta de sentimientos. Cuál cardiólogo en cirugía, cada toma, encuadre y plano, están filmados con una delicadeza sumamente precisa y tienen un propósito definido y en particular, nada está librado al azar y el director lo hace saber. La música del film crea un ambiente desorientador todo el tiempo, por momentos digna de un slayer ochentoso, creando una desesperación tácita a lo largo de toda la película.

Otro de los elementos que hacen de esta peli, algo totalmente indescifrable, son las actuaciones. Cada actor se encarga de hacer un papel que va totalmente de la mano con lo que la cinta requiere. Pasando por muchos momentos que a más de uno le haría temblar el pulso, los protagonistas parecieran no tomarlo en serio en ningún momento. Barry Keoghan, quién interpreta a Martin (el niño huérfano), es el encargado de llevar el papel del «antagonista» de una manera brillante. Aunque sus expresiones no lo demuestren y parezca desconectado del mundo exterior todo el tiempo, crea la desesperación necesaria que debe tener.

A fin de cuentas, esta cinta trabaja como una fábula moral con tintes fantásticos, que si bien a la hora del desenlace queda todo un poco indescifrable, el plano de verosimilitud que se crea, hace que los eventos del tercer acto, parezcan creíbles.

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